Reflexiones

La partida de bádminton

Hace unos meses tuve la oportunidad de jugar una partida de bádminton con el adversario ideal: uno de esos que te tocan las narices cada vez que fallas, que están seguros de su victoria y que, encima, hacen alarde de ello. Es ideal porque es el más incómodo de los adversarios y cuanto más incómodo te sientes más puedes aprender de una situación si la gestionas bien.

Ninguno de los dos poseíamos grandes habilidades previas, pero ya de partida había una gran diferencia: él estaba seguro de ganar. Una de las cosas que más detestaba de competir con esta persona era que fardaba de su victoria de antemano como técnica de distracción. Empecé muy bien, pero al ver que había una diferencia sustancial de puntos a mi favor una especie de autoboicot empezó a rondar mi mente. Y empecé a preocuparme por la victoria. Misteriosamente, a continuación perdí muchos puntos seguidos hasta llegar al empate. En este punto mi adversario ya casi cantaba victoria mientras se había burlado de cada golpe mío fallido con anterioridad. Ante esta nueva situación, obviamente mi ánimo cambió y empecé a sentirme incapaz de ganar y, sobre todo, me molestaba profundamente su actitud arrogante. Seguí perdiendo puntos y mi irritación iba en aumento. Tenía ganas tirarle la raqueta. Él seguía mofándose y cantando victoria. Y yo empecé a cometer fallos muy estúpidos. Mientras al principio había dado golpes geniales ahora fallaba saques y golpes fáciles. Era muy humillante. Continuaba la partida y todo iba de mal en peor hasta que la rabia me invadió por completo, tiré la raqueta al suelo y ante la gran diferencia de puntos le proclamé ganador antes de acabar la partida.

La rabia me invadió por completo, tiré la raqueta al suelo y ante la gran diferencia de puntos le proclamé ganador antes de acabar la partida.

Soy una persona competitiva y siempre me ha dado coraje perder. Pero entonces me detuve a pensar un momento: ¿qué es lo que me daba tanta rabia de verdad? ¿Era perder? ¿Era la actitud arrogante de mi contrincante?

No. Lo que me daba tanta rabia era no ser yo quien jugaba la partida. Mientras en la primera parte me movía con agilidad, seguridad y con la mente clara, cuando empecé a ver que podía ganar mi mente se enturbió y lo mismo ocurrió con mi agilidad y seguridad. Los orígenes de ese autoboicot podrían dar para otro post, pero a donde quiero llegar es que ya no era yo jugando al bádminton: era yo sobrevalorando el resultado. Ese cambio de foco hizo que  la diversión diese paso a la preocupación y la preocupación diese paso a los errores. Lo que me daba tanta rabia era mi propio autoboicot. Era yo siendo mediocre, mi vergüenza ante la derrota o mi incapacidad para creer y manifestar mi victoria transformándome así en una perdedora de antemano. Mi rendición, en vez de liberarme de esa rabia, la alimentó.

Lo que me daba tanta rabia era mi propio autoboicot.
Mi rendición, en vez de liberarme de esa rabia, la alimentó.

Cogí la raqueta de nuevo, sacudí la cabeza y sacudí con ese gesto también todos los pensamientos negativos y fui a por todas. Empecé a dar golpes magníficos, algunos de ellos con movimientos y recorridos que demostraban mis verdaderas ganas, mi entusiasmo. Era yo de nuevo al 100%.  Conseguí sumar muchos puntos de manera rápida y aunque como final feliz quedaría bonito decir que gané, la verdad es que no fue así. Pero para mí sí fue una victoria. Y lo fue porque entendí que el enfado no venía de la derrota o del adversario tocanarices. Provenía de haber dejado a mis pensamientos traicionarme y hacerme creer que la victoria no era posible o sí era pero dándole una importancia excesiva. También de la rendición antes del final de la partida. Pero me había plantado porque ya no me sentía identificada con mi manera de jugar.

Lo que me llevo de esta experiencia es la idea de que SIEMPRE voy a enfrentarme a las cosas con la misión de ganar. Pero ganar no significa necesariamente la victoria en el resultado, sino en lo que uno da de sí para obtenerlo. Para ello la mente debe trabajar a favor de uno mismo y hay que entrenarla al igual que se entrena el cuerpo; sea para una partida de bádminton, sea para lograr cualquier otro propósito.


La mente debe trabajar a favor de uno mismo y hay que entrenarla al igual que se entrena el cuerpo; sea para una partida de bádminton, sea para lograr cualquier otro propósito.

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