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Gestionar emociones y pensamientos. Paso 2: la palabra correcta

Con anterioridad, en esta sección de “Recursos” del blog, he descrito unos primeros pasos para alcanzar un equilibrio emocional  que permita una vida más plena. Hoy toca ver cómo la palabra resulta también fundamental en este propósito.

La palabra ayuda a tender un puente entre pensamientos y acciones. El Budismo propone el “hablar correcto” o “recta palabra” como el tercer paso del Noble Camino Óctuple y muchas otras filosofías,  corrientes de pensamiento y prácticas ancestrales la tienen muy en cuenta. Personalmente, comunicar es esencial para mí. Como escribí en mi libro, lo que no comunico se me adhiere a la garganta y puedo llegar a somatizarlo en forma de numerosas molestias que van desde el famoso “nudo en la garganta” hasta la afonía casi absoluta.

Tratemos de ver, a continuación, de qué se trata comunicar o hablar de manera correcta.

Hablar es una forma de materializar nuestros pensamientos. Cada vez que soltamos una idea por nuestra boca, se vuelve más “verdadera”, más tangible. Por eso hay que poner mucha atención a lo que se dice. La voz produce sonido y vibración: se oye, se siente, es real y crea nuevas ideas.

En definitiva, y por poner un par de ejemplos: a día de hoy ya nos hemos dado cuenta de que, a veces, un insulto y un golpe no se diferencian tanto y que el maltrato psicológico puede provocar en la víctima todo tipo de desajustes e incluso despertar en ella la voluntad de desear la propia muerte. Otro ejemplo: se ha comprobado numerosas veces como cambiando una sola palabra en un anuncio se  pueden disparar las ventas de un producto. Visto esto, ¿tiene poder la palabra? Mucho.

Veamos, a continuación, algunos de sus significados más importantes:

El primero: como reflejo de nuestra mentalidad.

Siendo consciente de cómo hablas, qué dices y cuáles son las ideas que más repites estarás dando un paso de gigante a la hora de conocerte y detectar patrones que pueden estar jugando en tu contra. Quizás siempre estás repitiendo palabras o frases como “malo”, “feo”, “pobre”, “pequeño”, “no me gusta”, “no soy capaz”, “no quiero…”.  Estas palabras son un reflejo de cómo te sientes y, si son tu pan de cada día, la vida que lleves será consecuente con tus decretos. Esto se puede aplicar en individuos y en comunidades. Si quieres saber cómo piensa una determinada sociedad, cuáles son sus hábitos y resultados, escucha como habla.

Observa las palabras antes, durante y después de salir de tus labios. No se trata de fingir que todo es bello o bonito si no te lo parece, ni de decir que estás bien cuando no lo estás. Pero tampoco de exagerar lo malo ni centrar la atención en ello porque se vuelve más real, más presente, más infinito. Añade a esto que la negatividad suele ser muy contagiosa y genera ambientes en el que todo parece pesado como el plomo en vez de ligero como una pluma.

Segundo: las palabras son energía.

Pensarlas y emitirlas es un gasto energético. Imagínate desperdiciar esa energía (la energía es vida: cuánta más tengas, más vital serás) en charla innecesaria. Hay personas que hablan más y las hay que hablan menos. Pero un parloteo continuado sin apenas margen para el oyente o sin un aporte de significado repercute en un desequilibrio y malgasto energético. ¿Y si ese parloteo versa sobre cosas negativas como las mencionadas con anterioridad? Pues peor lo ponemos.

Destinar un montón de energía/vida a alimentar la negatividad no parece muy inteligente. ¿Y criticar o chismorrear? Energía tirada a la basura. Si la crítica es constructiva es otro cantar pero  todos sabemos, más o menos, cuando se trata de una cosa o de la otra.

Tercero: la secuencia lógica pensar-decir-hacer.

¿Qué hay de las personas que dicen unas cosas y hacen otras? Personalmente reconozco que es uno de los comportamientos que más detesto. Tanto, que he tenido que trabajar duramente mi tolerancia hacia personas mentirosas, hipócritas o incapaces de cumplir promesas. Las he tenido más cerca de lo deseado y me han despertado emociones muy negativas capaces de sacar lo peor de mí.

Mentir, romper promesas, mostrar incoherencia entre lo que se piensa y se dice o se piensa y se hace y otros hábitos de este tipo generan no solo un gran conflicto con las demás personas sino con uno mismo. Las traiciones y las mentiras suelen minar también a las personas que las llevan a cabo, algo así como un karma que siempre acaba por hacer su trabajo aunque sea solo a través de la infelicidad sostenida de quien así vive.

Tienes que hablar como piensas. Y si no te gusta lo que dices tienes dos opciones: cambia la forma de tus palabras para que lo transmitan de un modo mejor tus pensamientos o cambia tus pensamientos si es que no te gusta ver sus resultados. Ambas cosas son complicadas porque conllevan cambiar hábitos prácticamente inconscientes.

Evita prometer y, si lo haces, asegúrate de hacer todo lo posible para cumplir. Las mentiras tienen las patas cortas y ocultarlas es más cansado que contarlas. Todo lo construido con palabras vacías o falsas no se sostendrá por largo tiempo. ¿Merece la pena? No.

En general, para cuidar la comunicación a favor de un equilibrio emocional positivo en nosotros y en nuestro entorno, solo hay que seguir el triple filtro de Sócrates.

Hazte estas preguntas: ¿lo que voy a decir es verdadero , es bueno, es útil?

No siempre es fácil seguirlo. Mi experiencia me dice que comedirse tanto puede dejar las palabras un tanto atascadas. Y, en casos muy tensos, puede ser preferible un ataque de ira verbal puntual que guardar rencor o rabia por lo no expresado. La energía ni se crea ni se destruye, permanecerá dentro hasta que pueda salir.

Callar en exceso también sería una práctica equivocada. Nosotros somos dueños de nuestras palabras, pero los demás son dueños de cómo reaccionan frente a ellas. Cuidar excesivamente lo que decimos por miedo, vergüenza o autojuicio tampoco lo considero que una práctica adecuada en el correcto uso de la palabra.  

En definitiva: considera hablar como un arte. Cada palabra que pronuncies será una pincelada y los mejores cuadros no son los más perfectos, sino los que mejor transmiten.

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